Hay días en los que me da por pensar en todo lo que tengo y, es entonces, cuando me reafirmo en que todo está bien, todo está en su sitio y espero que no se mueva. Pero hay desgracias que me conmueven, me arañan y hacen que empatice con quienes han perdido todo lo que han conseguido, ya no está en su sitio, se lo han movido. La situación en nuestro país no es fácil, las bolsas de pobreza aumentan y cada vez más gente ve que sus condiciones de vida han empeorado. Afortunadamente, existen organismos y asociaciones que velan por el bienestar de quienes están sufriendo sustituyendo, de esta manera, la labor que debería cumplir el Estado; en muchos casos las familias o amigos están haciendo el trabajo que debería hacer la Administración central; no es lo correcto pero así estamos.
Pero hay momentos en los que la más triste miseria entra en nuestras vidas, en nuestras casas a través de los medios de comunicación que nos acercan hasta lugares como Filipinas. Esta miseria que nos parece lejana y que no remueve a muchos que ya no sienten la desgracia ajena, nos demuestra cómo en cuestión de minutos se puede perder todo, incluso lo más valioso, la vida. No escribo nada nuevo si hablo de las cifras de muertos, desaparecidos y desplazados que ha originado el último gran tifón que se ha cebado en los más pobres entre los pobres. Muchas personas han perdido lo mucho que tenían que era poco en función de con quién lo comparemos. Miles de personas están pendientes de que la ayuda internacional se distribuya, si es que se puede, porque los trámites burocráticos son tan espesos que la ayuda no llega como debe. Algo tan básico como el agua potable y el arroz, es tan importante para estas personas que su vida depende de que estos alimentos, ahora tan valiosos, lleguen a sus estómagos.
La crudeza que nos ha llegado de la brutalidad de este tifón la está viviendo en primera persona una mujer valiente a la que conozco desde hace meses y que, bien podía haber vuelto a casa, pero ha decidido prolongar su estancia en Filipinas para ayudar, en la medida de sus posibilidades, a paliar el sufrimiento de los filipinos más afectados por la desgracia. Estela me sorprende por su solidaridad, su energía, su calidad y su enorme humanidad. Ella ha pedido ayuda, no para ella, sino para distribuirla entre quién más la necesita. Estas líneas son un homenaje para ella y para todos los que son tan generosos como para dejar un rato su cómoda vida atrás y pensar primero en los demás.
Quien quiera colaborar con Estela para llevar ayuda directa a Filipinas solo tiene que decirlo. Gracias a los de allí y a los de aquí.