Dicen que la muerte forma parte de la vida...pero es tan dura la muerte. Estos días, hemos recibido un mazazo importante, un amigo se ha ido y ha dejado un hueco importante...y me ha dado por recordar cómo fue mi primer encuentro con la muerte.
La primera persona querida que falleció fue mi abuela, más de ochenta años; le siguió mi abuelo, también octogenario. Pero cuando realmente fui consciente del significado de la muerte fue cuando falleció mi padre, ya hace cuatro años y medio. Yo estaba a punto de cumplir 33 años, mi padre no me felicitó por 13 días y recuerdo su enfermedad como la prueba más dura que he tenido que superar y, durante mucho tiempo, me persiguió su último suspiro.
Con el paso del tiempo, de los meses y de los años, he aprendido a mirar esos dos meses de sufrimiento sin rencor y con cariño porque, entre las sesiones de quimioterapia, el niño y el trabajo, me dio tiempo a disfrutar, en plenitud, de la persona que fue mi padre. Durante varios días estuvo lúcido, contento, dicharachero, siendo consciente de la gravedad de su enfermedad pero sin quejarse nunca; nunca nos dejó ver su dolor o su angustia y es lo que le puedo agredecer ahora.
Siempre me ha costado hablar de lo que pasó esos días o de cómo me sentí, sólo sé que me creí en la obligación de ejercer de cabeza de familia y evitar a mi madre y a mis hermanos que tuvieran que pasar por el mal trago de hacer las gestiones propias de una defunción. Casí no lloré y la primera que me lo repreché fui yo pero ahora pienso que esas lágrimas no eran necesarias en ese momento. El dolor se manifiesta de distintas maneras y, en mi caso, lo hizo en forma de hiperactividad.
Ahora que miro lo que pasó con cierta perspectiva, puedo confirmar que el tiempo no facilita el olvido, no quiero olvidar, pero sí que atenúa el dolor. Ese dolor es leve unos días y otros más intenso pero no debe impedir que viva; la vida es demasiado bonita como para no aprovecharla, pese a todo.
Ahora, sólo espero que la familia de este amigo no sufra tanto como para no encontrar el sol que sale después de cada tormenta. Besos
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