Si la entrada anterior la dediqué a la posibilidad de que las niñas se conviertan en princesas, en ésta quiero defender el derecho de los niños y los hombres a no ser príncipes. Aunque creemos que estamos en una sociedad cada vez más igualitaria, es habitual escuchar a progenitores indicando a sus hijos varones que no lloren y que jueguen al fútbol o a videojuegos. A esto no ayuda la visión estereotipada que ofrecen películas y series en las que ellos siguen siendo los valientes que salvan a las mujeres de las situaciones más conflictivas; las dan una vida cómoda o son los héroes que, eso sí, acompañados de una bella dama, solucionan todos los problemas del mundo.
Hay quien se ampara en la superioridad de la fuerza física de muchos hombres para educar a buena parte del género como protectores, lo que les dota de una armadura que no les ofrece la posibilidad de mostrarse sensibles y afectados por lo que les rodea. Hay que decirles a ellos que no tienen que ser los príncipes que algunas mujeres esperan y que muchas de nosotras no queremos que nos protejan, tan solo que nos respeten y nos quieran como iguales. Cuando se consiga precisamente esto, el respeto y el amor en igualdad, tal vez consigamos acabar con las desigualdades y el machismo que tanto daño causa.
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